lunes, 26 de noviembre de 2018

Honduras Indómita...una iglesia viva



Me paré frente a ella y no pude menos que asombrarme.
La Iglesia de La Merced de Gracias, Lempira, es una de las iglesias más antiguas de Honduras y definitivamente es una obra de arquitectura colonial religiosa muy hermosa. 
Me sentí orgulloso de nuestro patrimonio cultural. Visitarla es más que agradable, independientemente de nuestras creencias religiosas personales. 
La cédula de información que se encuentra en la entrada del inmueble nos dice que posiblemente se comenzó a construir a mediados del siglo XVI, lo cual es factible porque Gracias fue fundada (tres veces) a partir de 1536 y terminando en la actual ubicación en 1539.
Es importante recordar que cuando La Conquista, las primeras iglesias se construían con materiales vegetales perecederos y de dimensiones mucho más modestas.
Conforme los asentamientos iban ganando fuerza, habitantes y riquezas a través del comercio y la agricultura, las iglesias se iban restaurando, remodelando o ampliando por edificaciones más resistentes y ricas en ornamentación, hasta alcanzar proporciones monumentales como la Catedral de Comayagua, por ejemplo. 
La cédula añade que para la primeras décadas del siguiente siglo ya debía de encontrarse muy dañada y que con el terremoto de 1774, se vio la necesidad de reconstruirla en una buena medida hasta dejarla como la encontramos ahora.
Lo primero que agrada a la vista es su atrio grande con un jardín verde rodeado de un muro perimetral. Un espectáculo de colores cuando la blanca fachada de influencia barroca resalta contra el cielo azul.
La fachada se interpreta fácilmente puesto que allí se encuentran los elementos que definen a la iglesia, como si fuera la portada de un libro. 
Arquitectónicamente, podemos ver que se compone de dos grandes cuerpos horizontales y un tercer nivel llamado remate. 
Cuatro esculturas ubicadas en el primer cuerpo nos muestran a los mártires de La Orden Real y Militar de Nuestra Señora de la Merced y la Redención de los Cautivos, más conocida como La Orden de la Merced. Y sabemos claramente que es una iglesia de esta Orden por el escudo heráldico que se encuentra sobre el vano de la puerta de entrada. 
En el segundo cuerpo destaca una ventana grande que servía para iluminar el altar mayor dentro de la iglesia y al coro. Sobre ella, una hornacina, o sea, una especie de nicho semicircular en donde descansa la imagen de San José y el Niño portando el lirio florido. 
Un poco más arriba, custodiada por dos ángeles, la Virgen de La Merced con el Niño, como la figura principal de esta obra. 
También impresiona toda la ornamentación de yeso con figuras de flores y hojas en los dos cuerpos y que le imprime una sensación de movimiento a toda la fachada. Se siente viva. 
No puede dejar de mencionarse las dos torres laterales muy sencillas que guardan las campanas en una de ellas y que vienen, ambas torres, a enmarcar el centro de esta fachada.
Gracias al Instituto Hondureño de Turismo , IHT, pude estar un par de días en la ciudad y constatar que los trabajos de ordenamiento y restauración del Centro Histórico que habían comenzado allá por el año 2005 (si mal no recuerdo) se habían logrado y consolidado con el tiempo.
Da gusto ver un proceso de más de quince años que se mantiene vigente y actualizado. Realmente los esfuerzos de la Cooperación Española, El Instituto Hondureño de Antropología e Historia, la Mancomunidad de Colosuca, el IHT y los habitantes de Gracias han rendido sus frutos. 
Y con ello confirmo, por enésima ocasión, que más allá del frío gris concreto de las ciudades grandes (ya sin árboles), existe una Honduras que todavía no conocemos. 
Inexplorada. Indómita. 
Nuestra.


Vista completa, desde el atrio, de la Iglesia de La Merced.
Gracias, Lempira.
Honduras.
Fotografía: Arturo Sosa 2018.



Dos de las cuatro esculturas que adornan el primer cuerpo de la fachada.

Les voy a ser sincero: me gustaría saber a quién corresponden en la vida real estas imágenes. Creo que esos detalles en las cédulas de información añadirían más contacto entre el visitante y la obra. Se interpretaría mejor lo que se está viendo, máxime si no hay guías presentes. 
Iglesia de La Merced.
Gracias, Lempira. 
Fotografía: Arturo Sosa 2018


Parte del segundo cuerpo de la fachada y el remate de la misma. En la parte final, una cruz de hierro cierra la obra.
Iglesia de La Merced.
Gracias, Lempira.
Fotografía: Arturo Sosa 2018


          Escudo de la Orden de La Merced
            Iglesia de La Merced

                Gracias, Lempira. 
                       Fotografía: Arturo Sosa 2018.

lunes, 5 de noviembre de 2018

Honduras Indómita...septiembre 4 de 1899




"Si las estructuras pudiesen ser restauradas, nuestras edificaciones más importantes se mirarían como pigmeas a su lado; y ninguna ciudad moderna podría alardear de tan grandielocuentes ornamentos ricamente tallados y esculpidos..."
Me emocioné.
El texto forma parte de un reportaje publicado en Harper´s Weekly el 4 de septiembre del año 1899, y del cual solo dispongo de dos páginas de todo el reportaje.
Eso si, dos páginas originales de 1899 (obsequio invaluable de mi amiga Marta Campos-Mace, quien conoce mi gusto por estas impresiones antiguas).
En las dos páginas que están en mis manos, el autor del reportaje narra los hallazgos realizados en Copán por las diferentes expediciones (cuatro en total) que realizó el Museo Peabody de la Universidad de Harvard entre 1892 y 1899. 
La narración es maravillosa y junto a las fotografías publicadas nos cuentan los orígenes de la investigación y restauración de nuestra joya arqueológica más importante. 
Leyendo más adelante, encontré el siguiente párrafo que he tratado de traducir lo mejor posible:
"En 1891, gracias a los esfuerzos del Sr. Charles P. Bowdicht, el Museo Peabody se hizo cargo del cuidado de las antigüedades de Honduras gracias a un convenio, de diez años con el gobierno de ese país y con el derecho de quedarse con la mitad de las objetos encontrados en las excavaciones...."
Sorprendente.
Supongo que para ese año, el convenio fue firmado por el Presidente Luis Bográn o quizá Ponciano Leiva. Sería cosa de investigar y sería más genial poder encontrar ese documento.
Gracias a Dios, hoy contamos con un nutrido grupo de especialistas en historia, antropología y arqueología y quizá este tipo de convenios ya no se hacen así.
No es mi afán levantar protestas ni polémicas inútiles. Supongo que para esa época así se manejaban las cosas y que el presidente que firmó tal convenio lo hizo sabiendo lo que hacía y pensando en lo mejor para Honduras.
Eso espero.
Tampoco sé si es factible revertir lo que estableció de mutuo acuerdo ese documento; se necesitan opiniones de expertos en derecho internacional y debe de llevar mucho, mucho tiempo emitir una conclusión seria y fundamentada en Ley. 
Cualquier otra cosa que se diga en este momento es pura presunción personal. Especulaciones.
No es mi intención, repito, levantar olas innecesarias.
Tal vez lo que escribió el autor de ese reportaje en Harper´s Weekly no sabía con exactitud de lo que hablaba o tal vez lo motivaban otros intereses desconocidos.
Tampoco sé si el Peabody se llevó efectivamente lo que consiguió por escrito y menos sé si se han devuelto piezas.
No lo sé. 
Como documentalista, me limito a compartir lo que encontré y que yo mismo no sabía. Pero tal vez, alguien más sí se pueda interesar en investigar este momento de nuestra historia. O quizá ya hay alguien que tiene datos confirmados al respecto y nos los comparta.
Lo que si sé bien es que gran parte de nuestro atraso hoy, como nación, radica en nuestra ignorancia sobre nuestra propia tierra, sobre nuestro patrimonio cultural y natural. Sobre lo que tenemos, lo que valemos. Lo que somos
Insisto: más allá del concreto frío y gris de nuestras ciudades, existe todavía una Honduras realmente profunda. Inexplorada. Indómita.
Nuestra.





sábado, 3 de noviembre de 2018

Consultorio del Profesor Asdrújal

Queridas amigas, amigos:

Hoy, fecha memorable en que los vientos de noviembre comienzan a arrastrar los cometas de Júpiter, Plutón y del Honorable Congreso Nacional, me dirijo a ustedes con todo mi amor, para orientarlos y guiarlos por los ásperos caminos de las relaciones interpersonales, intrapersonales y si es posible, extra matrimoniales. 

Ha sido una semana llena de altibajos: el Motagua perdió de nuevo (eso no es ni alto ni bajo, solo lo normal); la manteca de cerdo comenzó a escasear debido al acaparamiento de las doñitas tamaleras de diciembre (eso sí es grave) y se eliminaron, temporalmente, los cuatro lempiras de cobro extra por uso del ATM (esa es la parte alta).

Pero hoy, hoy, es un día muy especial.

Quiero dedicar mi programa de este día para contestarle a "Desconcertada"; fan fiel de este programa y de quien he recibido una de las cartitas más apremiantes, angustiantes y extrañas de toda mi larga carrera como astrólogo, profesor de medicinas naturales, sobador de empachos (o señoras) y adivinador de La Loto. 

Este programa es para vos, Querida Desconcertada:

Déjame decirte que leí tu carta con mucha atención. Con detenimiento. De arriba a abajo y de abajo para arriba (incluso traté de leerla de derecha a izquierda, pero no entendí nada).

Después de leerla, caí en un profundo sueño (porque la leí como a la una de la mañana). Y cuando desperté, seguía pensando en ella.

Durante los siguientes cinco días, la duda invadió mi ser. Mis estados se alteraron. Perdí mi paz, mi calma (exactamente como vos, según me contás en tu cartita).

Por un momento terrible hasta llegué a pensar que yo era el causante de todos tus males. 

Pero no. 

Nunca he estado tan cerca de vos. 

Desesperado, sin saber ya más qué hacer, pensé en buscar a Renato por las mañanas y que él en su magnifica sapiencia me ayudara a encontrar una respuesta para vos. 

Desafortunadamente, Renato tenía sus propias cuitas y estuvo ocupado con un señor que tenía problemas tan serios, tan graves, que incluso perdió momentáneamente el poder de caminar y cayó arrodillado frente a sus pies. 

Pobre Renato.

En fin, ya no puedo más.

Debo confesarte que no tengo una respuesta precisa; exacta. No sé cómo ayudarte. 

Lo siento. 

Querida Desconcertada: la única verdad es que si vos no sabes quién es el padre de tu próximo hijo, mucho menos lo sé yo.

Atentamente.

Profesor Asdrújal

viernes, 12 de octubre de 2018

Política 101...turismo masivo



Hace unos años atrás, me senté a platicar en el parque central de Copán Ruinas con un periodista norteamericano que había cubierto el Medio Oriente para la revista Newsweek durante 25 años. 
No recuerdo el nombre, pero sí que había sido candidato dos veces al Premio Pulitzer y que él andaba por nuestra Joya Turística en Tierra Firme merced a una asignación con la Cooperación Internacional de Japón (JICA).
Platicamos largo y tendido y al día siguiente cenamos antes de su partida. Fue un encuentro enriquecedor; todavía recuerdo sus últimas palabras antes de despedirnos.
Me recomendó que hiciéramos todo lo posible por no convertir a Copán Ruinas en el ahora nuevo Egipto con sus antiguas pirámides. O como Cancún y su vida nocturna de drogas y sexo pagado.
"Perdieron su identidad" -me dijo el periodista- Ahora ir a las Pirámides es como ir a un Mall cualquiera en Estados Unidos".
Y no lo dudo. 
Políticamente suena grandioso decir en los medios locales que se levantaron las estadísticas. También es político no decir lo que ha provocado todo ese flujo masivo de gente que deja huella; suciedad, destrozos, vómitos, plantas sin flores, playas cochinas y que termina comprando souvenirs hecho en China.
Tener un balance es lo más complicado en la vida. El desarrollo debe de ser sostenible en el largo plazo. Y solo va a ocurrir cuando identifiquemos, protejamos, conservemos y difundamos lo nuestro (Economía Naranja). 
Los turistas vienen a aprender sobre 18 Conejo, a dormir en un pueblito sin música estridente, de calles empedradas, con buen café especial y a fumar el mejor tabaco. A disfrutar de la calidez de su gente. A comer pollo con loroco y chocolate de verdadero cacao. No a comer hamburguesas que pueden comprar en cualquier esquina de Main Avenue...

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https://www.nytimes.com/es/2018/10/10/opinion-turismo-madrid/?emc=edit_bn_20181011&nl=boletin&nlid=7459108320181011&te=1

sábado, 6 de octubre de 2018

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer

Ayer en la tarde llovía en Tegucigalpa.
Armado con un buen café, me senté frente a la compu dispuesto a entrarle a la aventura de escribir algo divertido, trascendente, memorable. Algo para la mañana del sábado. 
Me tomé un trago, dos, uno más y la página de Word seguía en blanco. 
Después de diez minutos, la pantalla mantenía su virginal blancura y yo ya me había quedado sin café.
-No puede ser –pensé- tenía razón mi mamá cuando me decía que la cabeza solo me sirve para peinarme. 
Necesitaba ayuda, ideas, inspiración.
Afortunadamente, soy un hombre precavido, astuto, y ya tenía listo un Plan B: recurrir al Dios Google para pedirle, humildemente, inspiración divina (algunos ateos denominan a esta oración como “Copy-Paste”; por favor, no les hagan caso.) 
Tomé el teclado en mis manos y escribí : “Escritores humorísticos”.
¡Zaz!
Definitivamente, el Dios Google no sabe fallar (a menos que la ENEE esté con sus moños puestos). Me aparecieron 345,789 entradas. 
Seleccioné la primera y encontré como 123 referencias de escritores y sus libros (lo sé, a veces ese Dios exagera).
Empecé por el primer libro; uno de Groucho Marx titulado “Memorias de un amante sarnoso”.
-Ummm…no. Creo que este no me sirve.
Seguí con el segundo título y me pareció harto interesante. Lo escribió el periodista norteamericano David Foster Wallace a finales de los noventa y se titula: “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”.
Me llamó la atención. Sin necesidad de leerlo, yo ya tenía comprada la idea. 
¿Por qué? Bueno, déjenme decirles que eso me ha pasado más de una vez. Cien veces. Mil veces. Y sin necesidad de que fueran divertidas.
Existe dentro de mi esa habilidad innata para meter la pata cada siete segundos. 
O menos. 
Por ejemplo aquella tarde cuando en la fila eternamente lenta del super, le pregunté a la señora panzoncita que estaba frente a mi y solo por matar el tiempo:
-Mire que bendición…¿Y para cuándo le toca? 
La señora se me quedó viendo y solo me dijo: No, no estoy embarazada…Maje.
Trágame tierra. 
O en otra ocasión, memorable, cuando entrando al supermercado Cantón allá en mi querido San Pedro, me topé con el defensa del equipo Marathón, Maravilla Suazo, quien al mirar para la entrada, gritó de muy buen humor:
-¡Ajá, Entrenador!
Resulta que para esos días yo estaba corriendo todas las tardes con el equipo de atletismo del colegio y mi entusiasmo me rebalsaba. Y la vanidad también. 
Así que cuando aquél jugador de fútbol, el gran Maravilla Suazo, dijo “¡Ajá, Entrenador!” yo no supe qué hacer. 
Lo primero que pensé fue: ¿Cómo sabe Maravilla, super jugador profesional, que yo estoy entrenando?
Claro, antes que mis células grises pudieran tener una idea clara de lo que estaba sucediendo, y mucho antes que yo pensara en alguna respuesta aristotélica, es decir inteligente, ya mi ego y vanidad habían tomado el control de mi brazo derecho levantándolo lo más alto posible, al tiempo que mi mano abierta, se movía con viva energía de un lado para el otro.
No contento con esto, mi boca se abrió para gritar a todo pulmón, como para que todo el supermercado se diera cuenta:
-¡Maravilla! ¡Brother!
Maravilla se me quedó viendo con cara de sorpresa porque lógicamente, él hombre no me conocía.
La cajera también me vio. 
Igual que las cuatro personas que estaban haciendo fila. 
Todas serias.
En ese momento no sé qué me dio por voltear a ver detrás de mi y ahí estaba él:
Atrás venía Chelato Uclés. El Profe.
Inmediatamente giré hacia la primera salida y desde entonces no he vuelto al Cantón (todavía recuerdo las carcajadas de Maravilla, la cajera y los cuatro de la fila). 
No, si la verdad es que desde chiquito he metido la pata. Y grueso. 
Como aquella vez que por azares del destino y de las hormonas de los quince años, me embarqué en una salida prohibidísima y conocí a una muchacha de la vida alegre (en su lugar de trabajo, por supuesto).
Aturdido, nervioso, queriendo verme galante, hombre de mundo, lo primero que le pregunté fue:
- Ajá...cuénteme…¿Qué ha hecho últimamente?
En fin; ese día no descubrí el amor. Créanme. 
De hecho, todavía hoy, cuarenta años después, los compañeros del colegio que me acompañaban se siguen riendo a mis expensas. 
Así que convencido de haberme topado con el libro correcto (y después de darle las gracias sinceras a Google), lo guardé en la memoria de la compu y me fui por otro café. 
-Total –decidí para mis adentros - si me levanto temprano lo puedo medio leer y ver qué diablos invento para ese Facebook….

martes, 2 de octubre de 2018

Esos oficios de mala muerte

Uruguay es un país con alrededor de cinco millones de habitantes. 

Pocos si los comparamos con los cerca de nueve millones que somos los hondureños. 

Tal vez eso ayude a que Uruguay sea, según PNUD, el tercer país de América Latina con el más alto Indice de Desarrollo Humano.

También es el tercer país latinoamericano con el PIB per capita más alto.

Quizá todo esto se deba a que, según Naciones Unidas, este es el paìs con el nivel de alfabetización más alto en estas Américas de indios, negros, mestizos y alguno que otro criollo que ha quedado. 

Yo creo que si sumamos todo esto, no nos entra ninguna duda cuando se afirma, con datos veraces, que Uruguay es el principal exportador de software del mundo. 

¿Software?

¿Qué no era el tal Silicon Valley? Pues no. 

Bueno, no debería de extrañarnos porque al fin y al cabo, Colombia que está cerca es uno de los principales exportadores de telenovelas.

O México de cantantes. Y discos. 

O Argentina de creativos publicitarios.

Y entonces, cuando veo todo esto, me pregunto: ¿Qué característica comparten todos estos países para ser tan buenos exportadores de productos no tradicionales como los consabidos bananos, café o maíz?

Respuesta: la Propiedad intelectual. 

O para decirlo mejor, haber entendido el enorme valor económico del concepto Propiedad Intelectual. 

Pero no se quedaron ahí; luego lo sumaron a la industria del entretenimiento. Y del arte. Y de la cultura en general.

Y este despertar produjo tantos dividendos, tantos espectadores, que dos economistas colombianos se dieron cuenta que en realidad al unir la generación de arte, la cultura y el entretenimiento con la propiedad intelectual, se creaba un modelo económico de desarrollo realmente sostenible. 

Nada tontos, este par escribió un libro al respecto al que le pusieron "La economía naranja, una oportunidad infinita". 
Y el mundo volvió a cambiar. 

Y entonces ahora, ser chef no solo es cool, sino también una oportunidad para tener dinero, exportar, viajar y ser una persona totalmente plena. Respetada. Feliz.

O ser fotógrafo. O poeta. 

O todos esos antiguos dizque oficios de mala muerte que antes te condenaban a morir de hambre y desprecio social en estos países nuestros latinoamericanos.

¿No me creen? Díganme quién de ustedes no vio por lo menos un capítulo de la serie de Netflix dedicada al antiguo Sol de México....¿Quién no?

Por lo menos para criticarlo...

En pocas palabras, lo que realmente quiero decir es que Honduras es un país agrícola, con vocación forestal, que pretende ser industrializado, sin presupuesto decente para impulsar el turismo, con pocas horas al día de energía eléctrica, pero que trata de salir adelante con Call Centers.

Yo creo que es tiempo de exportar, seriamente, nuestras baleadas. 

Y la música de Guillermo Anderson. Y de Pez Luna. Y de José Yeco, Jorge Alberto Laínez. Y los poemas de Clementina, Mayra Oyuela, Fabricio Estrada, Francesca Randazzo.

Hay que exportar el trabajo del Grupo Teatral Bambú.

De muchos. 

Y creer en la economía naranja. 

Nuestra propia economía naranja.

sábado, 4 de agosto de 2018

Un pollo y yo

-Alborotos, totopostes con dulce...-anunció con grito de guerra la primera vendedora que entró al bus.

- Mango maduro...mango verde...papaya madura...A diez la bolsa -gritó más fuerte la segunda.

A esas alturas del viaje, tras cuatro horas de carretera en el pequeño bus sin aire acondicionado, pero con grandes ventanas abiertas, la abrupta invasión de las marchantas cargadas de bolsas, canastas y hasta baldes para las cocas heladas, ya era parte del Destino. Lo mismo que la inevitable pegazón.

-Uy - me dijo directamente a los ojos la tercera vendedora -Papi...Usted está como me lo recomendó el doctor....

En cualquier otra circunstancia, debo reconocer que hubiese contestado muy amablemente y hasta devuelto el piropo. Pero en ese momento y faltando todavía una hora o más de viaje y siete paradas intermedias, con su respectivo surtido de vendedores y vendedoras ambulantes, digamos que la paciencia había llegado a su fin.

Me quedé viendo a la señora fijamente, con una mirada de extrañeza muy parecida a la que le dio mi vecino de asiento, un pollo de edad indeterminada que viajaba guardado en una caja de cartón perforada con varios agujeros para que le entrara el aire.

Por el más grande de los hoyos el pollo sacaba la cabeza cuando ya no aguantaba el sofoco. O sea, a cada rato.

Los dos habíamos subido en San Pedro y durante todo el recorrido ya nos habíamos soplado, ambos, el folclórico parloteo de dos rollizas doñitas que iban para Ocotepeque y que tenían como misión probar todas las chucherias que vendían en el camino.

Yo creo que ni el pollo ni yo habíamos visto comer tanto y con tanta alegría. Menos dentro de un bus.

Empezaron con una burra y después se echaron una bolsa de papaya cortada en tiras. A medio camino, en alguna de las paradas, le entraron a un plato de arroz chino y a un pollo frito (ese fue el único momento en que le vi perder la serenidad a mi compañero de asiento).

En fin, el bus volvió a tomar camino, pero esta vez el pollo tuvo que irse al suelo porque un señor de mirada muy afable ocupó su lugar.

Está claro que en esta vida hay jerarquías - pensé.

Como yo traía encima mis dos mochilas con cámaras y ropa, el nuevo compañero de asiento se ofreció a cargarme una de ellas (un fino detalle de amabilidad que el pollo no había tenido, que conste).

Así que todo marchaba a la perfección hasta que tras unos cuantos kilómetros de camino, mi vecino recibió una llamada a su celular:

- Si.....si....claro...mirá...decile que tengo orden de captura ya y que si me atrapan, me vaya a ver al penal...

¡Hombre! Aquí me quedé quieto. Y vi de reojo que el pollo también. Porque eso de viajar en el bus con un señor amable que tiene orden de captura no estaba en mis planes.

Ni en los planes del pollo tampoco.

Por ejemplo, en Tegus es diferente. Usted va al super o a tomar un café y se encuentra con toda esa gente que estaba en aquél desbarajuste de la Junta Directiva del Seguro Social y no hay problema. Andan agüevados, pero simulan demencia. Y uno sabe que no los van a llegar a capturar.

¡Ajá! Pero aquí, ¿qué tal sí en la próxima parada estaba la policía esperando a este señor? ¿Qué tal sí el pollo y yo nos ibamos en la balacera?

La siguiente hora fue de pensar y pensar. Tenso. Pero debo reconocer que por más que traté de descifrar qué crímen o crímenes había cometido mi vecino, nada pude descubrir. El hombre era un mar de tranquilidad.

A Dios gracias, pronto me llegó el momento de bajarme. Mi vecino me entregó mi mochila (enterita) y se despidió con un sincero : "Que el Señor lo acompañe".

- ¡Púchica! -me dije a mi mismo- tenía razón mi abuela Maruca cuando nos recitaba: "Hay rasgos de virtud en el malvado/hay rasgos de maldad en el virtuoso."

Antes de irme, el pollo volvió a sacar la cabeza de la caja y me miró con un aire de tristeza como diciéndome que no lo dejara solo, que no me fuera. Casi, casi puedo decir que vi una lágrima deslizándose de sus grandes ojos negros.

Ni modo. Tampoco fue que eramos grandes amigos.

Ahí terminó mi viaje. Y sigo pensando que no hay nada como viajar por Honduras.